
Con suma ligereza solemos asumir diferentes posturas o hacernos cargo de algunas opiniones o acciones, y hasta sentenciamos: "Y bue... yo soy así." ¿Pero quién es ese yo que decimos conocer tan bien? ¿Cuál es su ubicación espacial? ¿Coincide plenamente con nuestro cuerpo? Y lo que es más intrigante... ése que opina, que ve el programa de Tinelli o compra regalos navideños ¿es yo? Quiero decir, las acciones objetivas, discernimientos morales, elecciones afectivas, disfrute de placeres, repulsión de dolores, entre otras cosas ¿emanan del mismo ser? Hoy tengo la sensación de que no.
Como las capas de una cebolla, uno puede ir adentrándose en el complejo de personalidades que nos constituye y eliminar lámina por lámina los diferentes niveles bajo los cuales pareciera que hemos sepultado un último yo, un ser que sería nuestra esencia más remota.
Se me ocurre que la primera capa que nos salta a la vista estaría formada por los sentidos, por las ventanas al mundo, por la permeable superficie que cubre nuestro cuerpo. ¡En qué profundo silencio es necesario sumergirse para detener un instante el oleaje de la existencia material pugnando por informarnos acerca de nuestro entorno!
Pero aún si fuera posible detener el mundo, en la placidez menos socializada; estarían presentes nuestras opiniones, nuestro desagrado, nuestras expectativas y deseos. Nuestras ansias y planes para el futuro. Calmadamente ¿podemos silenciar la marea de elecciones que separan en bueno y malo al mundo conocido? Nuestro intelecto se transforma en un elemento cuantificable para, desde allí, sentenciar: alto, bueno, pequeño o satisfactorio.
Pero aún apocado el criterio discriminatorio, un sujeto más profundo habita el complejo antes mencionado: más oscuro y difícil de convencer, menos superficial y decididamente más ancestral, se encuentra el nivel de los deseos profundos, aquellos que nos acompañan toda la vida; y también de nuestros miedos, que son como deseos negativos (¿puede ser ésta la ubicación de lo que llaman karma?). Es esa área en la cual no se nos convence tan fácilmente. La mente humana ha creado en este nivel, un último bastión casi invencible, formado por obsesiones, fobias y esperanzas.
Cuando el silencio sea tan avasallante que haya convertido esta cordillera puntiaguda en una llanura interminable, ¿habrá alguien esperando detrás? ¿podremos conocer a quien sin dudas puede ser llamado Yo?
Si es así, quizá todo cobre sentido y estas líneas podrán ser leídas con el candor con el que leemos nuestras composiciones juveniles. Y si no, siempre habrá sido beneficioso detener la sucesión impaciente, aunque más no sea para llevarle la contra a mi vecino con su música a todo volumen.
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