
Desde hace algunos años se nos previene contra los desastres del efecto invernadero. Los agoreros nunca me consideraron como un interlocutor agradable. Lo que sucede es que las teorías fatalistas nunca me gustaron, las considero una fantasía autodestructiva colectiva.
De las líneas precedentes puede suponerse que niego el calentamiento global o los daños que el excesivo dióxido de carbono le causan al medio ambiente. Nada más lejano. Me preocupan sobre todo los basurales orgánicos que generamos los vecinos en cualquier lado; y los otros basurales, más dañinos y tóxicos, que los estados generan, en acuerdos de los cuales algunas empresas transnacionales son los máximos beneficiarios.
Entiendo entonces y suscribo todo movimiento en bien del planeta y los seres que los habitamos, humanos o no. Pero teorías fatalistas, no firmo. Todas las religiones del mundo, y la ciencia contemporánea es una de ellas, nos atemorizan lustro a lustro. Pareciera no haber otra forma de convencer a las personas de algo. Yo quiero vivir sin smog; sin abusar de animales, plantas y tierra; sin desperdicio tóxico de aventureros de la guerra; sin los gases intestinales de dinosaurios devenidos en autitos de cotillón y tarros de helado. Quiero vivir así por amor a la Vida tan infinita, tan generosa, tan abundante en sí misma. Mi amor por la tierra, el sol y la lluvia es incondicional, hasta que desaparezca yo (casi seguro antes), o ellos. Aunque duremos lo que un hielo en la copa.
Si la humanidad necesita miedo para amar... lo siento por ella.