martes, 19 de mayo de 2009

Lo que duren dos peces de hielo


Desde hace algunos años se nos previene contra los desastres del efecto invernadero. Los agoreros nunca me consideraron como un interlocutor agradable. Lo que sucede es que las teorías fatalistas nunca me gustaron, las considero una fantasía autodestructiva colectiva.

De las líneas precedentes puede suponerse que niego el calentamiento global o los daños que el excesivo dióxido de carbono le causan al medio ambiente. Nada más lejano. Me preocupan sobre todo los basurales orgánicos que generamos los vecinos en cualquier lado; y los otros basurales, más dañinos y tóxicos, que los estados generan, en acuerdos de los cuales algunas empresas transnacionales son los máximos beneficiarios.

Entiendo entonces y suscribo todo movimiento en bien del planeta y los seres que los habitamos, humanos o no. Pero teorías fatalistas, no firmo. Todas las religiones del mundo, y la ciencia contemporánea es una de ellas, nos atemorizan lustro a lustro. Pareciera no haber otra forma de convencer a las personas de algo. Yo quiero vivir sin smog; sin abusar de animales, plantas y tierra; sin desperdicio tóxico de aventureros de la guerra; sin los gases intestinales de dinosaurios devenidos en autitos de cotillón y tarros de helado. Quiero vivir así por amor a la Vida tan infinita, tan generosa, tan abundante en sí misma. Mi amor por la tierra, el sol y la lluvia es incondicional, hasta que desaparezca yo (casi seguro antes), o ellos. Aunque duremos lo que un hielo en la copa.

Si la humanidad necesita miedo para amar... lo siento por ella.

domingo, 10 de mayo de 2009

El traje gris de la multitud

Rutina gris. Mañana gris que el hombre del traje gris recorre automáticamente. Siguiendo las baldosas indiscriminadas del aburrimiento. Porque el reconocer: "éste es un pez", "éste un libro de estenografía", no hacemos otras cosas que intentar distinguir, entre cosas no demasiado diferentes, y colorear cobardemente y lo menos posible, una existencia llana como la pampa.

El trabajo carcelario nos asegura comidas de penitenciaría para toda la vida, el enclaustramiento definitivo en una familia u otra, más o menos parecida y la celda perpetua de vivir al capricho de nuestra mente guardiana.

Cada tanto, súbitamente, aparece una idea, un impulso como un reflejo fugaz, de una vida mejor. Y dan ganas de decir: "si no me sumerjo en él, prefiero morir". Pero no hay seguridades como las que da el color gris; el cual pocas veces se confunde con los colores de la vida.