sábado, 10 de enero de 2009

Relativamente seguro

Mi esposa está leyendo a Foucault (los escritores franceses seducen a las mujeres bonitas con increíble facilidad) y me habla maravillada de la condición histórica y espacial de la criminalidad. De como una determinada conducta va convirtiéndose en inapropiada según la concepción que las sociedades tienen de los grupos y de las circunstancias públicas o privadas.

De pronto discutimos animadamente, la condición de relatividad histórica de lo prohibido siempre es algo que inflama nuestra charla. Recuerdo que el Tao me hace pensar en esa condición en su veinteavo pasaje:



No conozco nada y nada me preocupa.

No veo diferencia entre sí y no.

No veo diferencia entre bien y mal.

No temo aquello que la gente teme en la noche.


Qué fácil es para un torpe como yo, declarar de pronto la relatividad de todo y de que nada tiene importancia ni valor reales y sentarme a esperar lo que hacen otros, a tomarlo o a dejarlo y a vegetar silenciosamente a un costado del camino. Sigo leyendo a Castaneda y don Juan allí hace una observación desbordante en mi mente burguesa: "Primero debemos saber que nuestros actos son inútiles y luego proceder como si no lo supiéramos."

Las sociedades eligen las leyes que quieren que las rijan. Quizá hemos heredado algunas pero sólo cuando nos resultan obsoletas o poco operativas las hacemos a un lado para dar lugar a lo nuevo. Elegimos qué conductas condenar, cuáles enaltecer y bien podríamos elegir otras. No hay, quizá, una verdad inquebrantable que nuestras leyes deban reflejar, salvo la propia convicción del grupo humano que las sustenta, a la vez que las sufre.

Por eso estoy dispuesto a discutir, a debatir acaloradamente; sabiendo, eso espero, que muy en el fondo, la Verdad no existe o es un concepto acaso inasible para mí y mis semejantes. Sin embargo no se me permite vegetar impunemente. Como me dijo una noche mi maestro: "La pared es una ilusión. Pero mientras le peguemos y nos duela, más vale tratarla como real."

domingo, 4 de enero de 2009

El Poder y el Observar

Releo Las enseñanzas de don Juan y resaltan en mi conciencia pasajes que no había registrado antes. Entre ellos, uno en el que Don Juan Matus se refiere a las características que poseen dos poderes aliados: El humito, mezcla para fumar a base de hongos, y la yerba del diablo, hechicería realizada con una planta medicinal de nombre toloache. Don Juan dice: "La yerba del diablo es para los que quieren poder. El humito es para los que quieren observar y ver."

A raíz de estas palabras, yo pensaba que en el mercado espiritual podría dividirse sucintamente la oferta en productos destinados a la búsqueda de poder y otros a la satisfacción de conocer la naturaleza de las cosas.
Casi todo lo conocido como autoayuda, podría ser identificado con el poder: el rejuvenecimiento, la satisfacción financiera, la clarividencia con fines prácticos, los tratamientos energéticos, incluso cualquier aprendizaje sobre terapias alternativas. El observar quedaría limitado a la práctica de la atención y a la meditación más pura, despojada de la búsqueda de resultados.


El poder resulta tan increíblemente sobrecogedor, que aún en un ámbito de supuesta espiritualidad, es la opción más elegida, la única que adquiere sentido en una sociedad que busca desesperadamente el éxito, sucedáneo posmoderno y más políticamente correcto que la supremacía guerrera, la colonización o destacarse en la caza. El poder significó en otros tiempos todas estas cosas; y también el conocimiento académico o mágico.
Quisiera creer que sólo deseo observar y ver. Pero en la tentación de plantar el toloache en un descampado cualquiera, un ser más profundo habla mis verdaderas palabras.

viernes, 2 de enero de 2009

¿Quién estoy? ¿Dónde soy?


Con suma ligereza solemos asumir diferentes posturas o hacernos cargo de algunas opiniones o acciones, y hasta sentenciamos: "Y bue... yo soy así." ¿Pero quién es ese yo que decimos conocer tan bien? ¿Cuál es su ubicación espacial? ¿Coincide plenamente con nuestro cuerpo? Y lo que es más intrigante... ése que opina, que ve el programa de Tinelli o compra regalos navideños ¿es yo? Quiero decir, las acciones objetivas, discernimientos morales, elecciones afectivas, disfrute de placeres, repulsión de dolores, entre otras cosas ¿emanan del mismo ser? Hoy tengo la sensación de que no.

Como las capas de una cebolla, uno puede ir adentrándose en el complejo de personalidades que nos constituye y eliminar lámina por lámina los diferentes niveles bajo los cuales pareciera que hemos sepultado un último yo, un ser que sería nuestra esencia más remota.

Se me ocurre que la primera capa que nos salta a la vista estaría formada por los sentidos, por las ventanas al mundo, por la permeable superficie que cubre nuestro cuerpo. ¡En qué profundo silencio es necesario sumergirse para detener un instante el oleaje de la existencia material pugnando por informarnos acerca de nuestro entorno!

Pero aún si fuera posible detener el mundo, en la placidez menos socializada; estarían presentes nuestras opiniones, nuestro desagrado, nuestras expectativas y deseos. Nuestras ansias y planes para el futuro. Calmadamente ¿podemos silenciar la marea de elecciones que separan en bueno y malo al mundo conocido? Nuestro intelecto se transforma en un elemento cuantificable para, desde allí, sentenciar: alto, bueno, pequeño o satisfactorio.

Pero aún apocado el criterio discriminatorio, un sujeto más profundo habita el complejo antes mencionado: más oscuro y difícil de convencer, menos superficial y decididamente más ancestral, se encuentra el nivel de los deseos profundos, aquellos que nos acompañan toda la vida; y también de nuestros miedos, que son como deseos negativos (¿puede ser ésta la ubicación de lo que llaman karma?). Es esa área en la cual no se nos convence tan fácilmente. La mente humana ha creado en este nivel, un último bastión casi invencible, formado por obsesiones, fobias y esperanzas.

Cuando el silencio sea tan avasallante que haya convertido esta cordillera puntiaguda en una llanura interminable, ¿habrá alguien esperando detrás? ¿podremos conocer a quien sin dudas puede ser llamado Yo?

Si es así, quizá todo cobre sentido y estas líneas podrán ser leídas con el candor con el que leemos nuestras composiciones juveniles. Y si no, siempre habrá sido beneficioso detener la sucesión impaciente, aunque más no sea para llevarle la contra a mi vecino con su música a todo volumen.