Mi esposa está leyendo a Foucault (los escritores franceses seducen a las mujeres bonitas con increíble facilidad) y me habla maravillada de la condición histórica y espacial de la criminalidad. De como una determinada conducta va convirtiéndose en inapropiada según la concepción que las sociedades tienen de los grupos y de las circunstancias públicas o privadas.
De pronto discutimos animadamente, la condición de relatividad histórica de lo prohibido siempre es algo que inflama nuestra charla. Recuerdo que el Tao me hace pensar en esa condición en su veinteavo pasaje:

No conozco nada y nada me preocupa.
No veo diferencia entre sí y no.
No veo diferencia entre bien y mal.
No temo aquello que la gente teme en la noche.
Qué fácil es para un torpe como yo, declarar de pronto la relatividad de todo y de que nada tiene importancia ni valor reales y sentarme a esperar lo que hacen otros, a tomarlo o a dejarlo y a vegetar silenciosamente a un costado del camino. Sigo leyendo a Castaneda y don Juan allí hace una observación desbordante en mi mente burguesa: "Primero debemos saber que nuestros actos son inútiles y luego proceder como si no lo supiéramos."
Las sociedades eligen las leyes que quieren que las rijan. Quizá hemos heredado algunas pero sólo cuando nos resultan obsoletas o poco operativas las hacemos a un lado para dar lugar a lo nuevo. Elegimos qué conductas condenar, cuáles enaltecer y bien podríamos elegir otras. No hay, quizá, una verdad inquebrantable que nuestras leyes deban reflejar, salvo la propia convicción del grupo humano que las sustenta, a la vez que las sufre.
Por eso estoy dispuesto a discutir, a debatir acaloradamente; sabiendo, eso espero, que muy en el fondo, la Verdad no existe o es un concepto acaso inasible para mí y mis semejantes. Sin embargo no se me permite vegetar impunemente. Como me dijo una noche mi maestro: "La pared es una ilusión. Pero mientras le peguemos y nos duela, más vale tratarla como real."


