
A raíz de estas palabras, yo pensaba que en el mercado espiritual podría dividirse sucintamente la oferta en productos destinados a la búsqueda de poder y otros a la satisfacción de conocer la naturaleza de las cosas.
Casi todo lo conocido como autoayuda, podría ser identificado con el poder: el rejuvenecimiento, la satisfacción financiera, la clarividencia con fines prácticos, los tratamientos energéticos, incluso cualquier aprendizaje sobre terapias alternativas. El observar quedaría limitado a la práctica de la atención y a la meditación más pura, despojada de la búsqueda de resultados.

El poder resulta tan increíblemente sobrecogedor, que aún en un ámbito de supuesta espiritualidad, es la opción más elegida, la única que adquiere sentido en una sociedad que busca desesperadamente el éxito, sucedáneo posmoderno y más políticamente correcto que la supremacía guerrera, la colonización o destacarse en la caza. El poder significó en otros tiempos todas estas cosas; y también el conocimiento académico o mágico.
Quisiera creer que sólo deseo observar y ver. Pero en la tentación de plantar el toloache en un descampado cualquiera, un ser más profundo habla mis verdaderas palabras.
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