Pero los tiempos han cambiado, y si bien el sudor y el esfuerzo físico siguen caracterizando a diversas ocupaciones en la actualidad, muchos trabajadores realizan sus tareas sin siquiera una gota de transpiración. ¿Hemos superado la bíblica maldición?

"La fábrica era amplia (...) el interior de la sala no carecía de belleza por las proporciones, la altura, lo liviano de la construcción metálica. El humo subía muy alto. Cuando el sol penetraba, jugaba con los variados tonos azules del trabajo. El ruido de las máquinas no era demasiado ensordecedor. Hasta hubiera podido llegarse a encontrarlo musical.
Lo que era triste, me parece que es la tristeza final de la gran industria. Es triste la muchedumbre de la mañana, los batallones obreros en marcha hacia la fábrica, a lo largo de sus paredes, hacia su portón. Si llueve, es triste. El agua chorrea sobre los abrigos y los paraguas; la multitud, los pies en el barro, huele a papel de diario, está tan triste como las noticias policiales que ha leído. Es triste aún con tiempo hermoso porque va a encerrarse. Triste en invierno porque todo está oscuro cuando entra por la mañana y todo está oscuro al atardecer cuando sale (...) . En la oscuridad del vagón me tomaba un suplemento de sueño, junto a sombras ateridas (...).
No pagaba el pan que ganaba con sudor, pero sí con tristeza y hastío. Más aún en la fábrica que en la escuela, sufría de estar encerrado. Me habían puesto grillos para toda la vida: tenía que ganar mi pan trabajando."
(Georges Navel, Trabajos, 1946).
Podríamos sumarle el stress de las oficinas, la oscura mendicidad de la venta, el otoño prematuro del empleado de vigilancia, la hipocresía de quien sirve desde un alma desocupada...

