martes, 23 de agosto de 2011

¿Para qué meditar?

Un día el Maestro anunció que un joven monje había alcanzado un estado de iluminación avanzado. La noticia causó revuelo. Algunos de los monjes fueron a ver al joven monje. "Escuchamos que te has iluminado. ¿Es verdad?" preguntaron."Lo es," contestó."¿Y como te sientes?""Tan mal como siempre," dijo el monje.

¿Para qué meditar? ¿Con qué objeto perderme preciosos minutos y hasta horas de mi vida en una no-actividad que me impide ver televisión, producir más o dormir el mayor tiempo posible? Si al final del camino hay otro principio, igual al original, con los mismos adanes y evas interiores, sacándose los ojos por una manzana. ¿Por qué las rodillas en lucha con el suelo y la coronilla hacia el reino de los cielos si voy a estar tan mal como siempre?El maestro Dogen viajó a China y al volver, comunicó a sus discípulos un aprendizaje transformador:"Aprendí que los ojos están horizontales y la nariz vertical”. Los maestros zen están realmente locos si creen que van a tenerme empujando el suelo con las rodillas y clamando al cielo con la mollera con esperanzas tan vanas. Y sin embargo, ay, de cara a la pared, inmóvil, cuando se desintegran las ansiedades, los miedos, la familia, la supervivencia; cuando todo lo hermoso, lo bello y todo lo putrefacto van chorreando indiscriminadamente como capas de mugre que se desprenden, cuando la respiración parece detenerse para siempre, en ese instante que llega sólo para ser pasado, hay una percepción efímera pero resplandeciente, como la hermosa mujer que vimos sólo una vez y bastó para ocupar nuestro pensamiento toda una vida. La percepción es clara, a pesar de su fugacidad: los ojos están horizontales y la nariz está vertical.

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