Leyendo el ensayo de Borges “El idioma analítico de John Wilkins” encontramos la referencia a “cierta enciclopedia china” que enuncia:
Los animales se clasifican en a) pertenecientes al emperador, b) embalsamados, c) amaestrados, d) lechones, e) sirenas, f) fabulosos, g) perros sueltos, h) incluidos en esta clasificación, i) que se agitan como locos, j) innumerables, k) dibujados con un pincel finísimo de pelo de camello, l) etcétera, m) que acaban de romper el jarrón, n) que de lejos parecen moscas.
Podemos acordar que toda clasificación es un capricho. Una mirada ideológica en la que se dará importancia a determinados rasgos cualitativos o cuantitativos, separando unos elementos de otros a partir de relaciones opositivas.
La enciclopedia mencionada adolece entonces de ciertas deficiencias en relación a nuestro criterio racional:
- No existe discriminación genérica entre los elementos pertenecientes al mundo de lo externamente concreto y lo fantástico, imaginativo o representativo. Todos son, igualmente, animales.
- Incluye un “etcétera” que se extiende hacia el infinito. Imposible en este momento dejar de mencionar a Ceferino Piriz, citado por Cortázar en Rayuela. Gran exponente de las categorizaciones largamente extendidas, termina una de sus inagotables clasificaciones con esta palabra omniabarcativa, como si reconociera que su obsesivo afán de rigurosidad clasificatoria estaba condenado a fracasar. Pero este “etcétera” chino ni siquiera está al final, como si el autor hubiera recobrado la esperanza de registrar el universo todo durante unos segundos. O simplemente porque pretende transmitir que luego de un vasto desierto indiferenciado, es posible reconocer los mojones de la finitud.
- Las categorías se interpenetran, comparten elementos con las otras categorías, siendo el punto “h” la expresión máxima de la contradicción en la que la parte se convierte en el todo sin perder su fragmentariedad.
- Evidentemente, una tipología de animal no excluye a la otra. El autor desconfía de la identidad por oposición. ¿De qué cuadro sos?, pregunta un fulano por aquí y si le responden de Boca, el tipo ya creó en su mente, el universo de lo que no es. Porque clasificamos que una persona puede ser: a) de Boca, b) de River, c) de Quilmes, d) de etcétera, proposiciones todas de carácter disyuntivo con respecto a las otras.
Pero si una categoría no excluye a la otra, sólo cambiando ese pequeño aspecto de nuestra herencia filosófica, histórica y cultural, la clasificación chinesca empieza a cobrar sentido. Si la parte puede contener al todo, si la conducta y la pertenencia son más importantes que la compatibilidad genética, si se incluyen como reales los animales imaginariamente subjetivados, si la perspectiva del observador (blasfemia de la objetividad científica occidental) permite unificar en moscas a lo diverso; entonces lo chinesco, a partir de acuerdos y relaciones parciales; es decir: de traducciones; se occidentaliza como por arte de magia. O quizá, para decirlo mejor, el sujeto se orientaliza y lo traducido no es la enciclopedia sino él mismo que ante lo distinto pone en juego su esquema de percibir el mundo antes que asimilarlo a su universo conceptual existente, que es lo que llamamos, en definitiva, traducción.
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